El estudio de Deloitte detecta que el software empieza a cambiar la relación del conductor con el vehículo en España: más de la mitad alargaría su vida útil si siguiera incorporando mejoras de forma remota.
La transformación del automóvil ya no se mide solo en electrificación o conectividad. También empieza a notarse en algo más profundo: la idea de que el coche no termina de definirse el día en que se entrega, sino que puede seguir evolucionando después gracias al software. Esa es una de las conclusiones más interesantes que deja el 2026 Deloitte Global Automotive Consumer Study para el mercado español, donde el 53% de los consumidores afirma que mantendría su vehículo más tiempo si recibiera actualizaciones OTA —remotas— que añadieran funciones, mejoras de seguridad o avances en rendimiento.
El dato no es menor porque apunta a un cambio de mentalidad. Durante años, el automóvil se ha entendido como un producto cerrado, cuyo valor dependía sobre todo de sus características iniciales. Ahora empieza a abrirse paso otra lógica: la del vehículo que puede seguir actualizándose y ganando utilidad con el paso del tiempo. En esa misma línea, el informe señala que el 43% de los consumidores españoles considera útil que su próximo coche sea un vehículo “software-defined”, es decir, un modelo capaz de ampliar funciones y personalización a lo largo de su ciclo de vida.
El software empieza a influir en la vida útil del vehículo
Deloitte va un paso más allá y analiza cuántos años adicionales estaría dispuesto a conservar el cliente su coche si siguiera recibiendo mejoras. En el caso español, el grupo más numeroso se concentra en una extensión de entre uno y tres años, lo que refuerza la idea de que las actualizaciones ya no se perciben solo como un elemento tecnológico, sino como una palanca real para alargar el ciclo de propiedad.
Ese cambio tiene implicaciones de fondo para el mercado. Si el coche puede seguir incorporando valor con nuevas funciones, ajustes de rendimiento o mejoras en seguridad, la decisión de renovar deja de depender únicamente del salto entre generaciones de producto. El vehículo empieza a entenderse también como una plataforma capaz de mantenerse al día durante más tiempo.
Esa evolución se aprecia, además, en la disposición a pagar por esa capacidad. En España, el estudio muestra que solo el 29% rechaza pagar más por disponer de actualizaciones OTA, mientras que el resto aceptaría, en distinta medida, un sobreprecio si el vehículo incluyera esa funcionalidad. No estamos aún ante un entusiasmo masivo, pero sí ante una señal clara de que el software empieza a entrar en la ecuación de valor del coche nuevo.
Una nueva relación con el cliente
Para el sector, la lectura de fondo es relevante. Si una parte creciente de los conductores acepta que el vehículo siga mejorando después de la compra, la relación comercial deja de concentrarse únicamente en la entrega y se prolonga durante toda la vida útil del coche. El producto ya no se agota en el momento de la matriculación: puede seguir generando valor con nuevas funciones, mejoras de seguridad, optimización del rendimiento o servicios añadidos.
En ese contexto, España aparece como un mercado intermedio, más receptivo que otros países europeos maduros, aunque todavía lejos de los niveles que muestran Turquía, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí. La comparación confirma que la digitalización del automóvil no avanza al mismo ritmo en todos los mercados, pero también que el consumidor español ya empieza a asumir con naturalidad una idea que hasta hace poco parecía lejana: que el coche del futuro no solo se compra, sino que también se actualiza, se amplía y se revaloriza con el tiempo.


