Las ventas de pesados electrificados se disparan y adelantan un cambio estructural en el transporte mundial
Durante décadas, el diésel fue el músculo de la industria china. Camiones, excavadoras, autobuses: toda la maquinaria pesada que cimentó el milagro económico del país se movía al compás de motores de combustión. Pero esa banda sonora comienza a apagarse. El rugido del diésel cede paso al zumbido eléctrico, cada vez más habitual en las carreteras, puertos y centros logísticos del gigante asiático.
China, que ya lidera el mercado de coches eléctricos, tiene ahora otro objetivo: electrificar el transporte pesado. Y lo está haciendo a una velocidad que pocos creían posible. En agosto de 2025, el 28 % de los nuevos camiones vendidos fueron eléctricos, frente al 8 % registrado justo un año antes, según The Associated Press.
Este vuelco no es accidental: el Ministerio de Transporte, junto con otros organismos del gobierno, presentó en abril de 2025 un programa nacional con el objetivo de que la mayoría de los nuevos camiones vendidos en China sean de nueva energía antes de 2035, con metas intermedias como alcanzar un 10 % de consumo energético eléctrico en el transporte en 2027.
El diésel pierde terreno
China es el segundo mayor consumidor mundial de diésel, solo por detrás de EE. UU. Sin embargo, el uso de este combustible lleva años estancado. En junio de 2024, el consumo se situó en 3,9 millones de barriles al día, un 11 % menos que el mismo mes del año anterior, según cifras de Bloomberg NEF. Se trata de la mayor caída desde la pandemia.
Esta reducción se debe en gran parte a la irrupción del camión eléctrico. Mientras que el turismo electrificado explica parte de esta tendencia, es el transporte pesado el que sostenía buena parte del mercado del diésel. Pero ya ni eso: el diésel pierde su último bastión.
Incentivos, infraestructura y cambio de modelo
La electrificación de los camiones pesados no solo está impulsada por la tecnología, sino por un ambicioso paquete de medidas estatales. China ha lanzado planes de sustitución de flotas diésel, con subvenciones para la retirada de vehículos antiguos y su reemplazo por camiones eléctricos. A ello se suman beneficios como el acceso preferente a zonas urbanas, reducciones de peajes y menores restricciones horarias.
La infraestructura también acompaña: el 98 % de las áreas de servicio de autopistas ya cuenta con puntos de carga, incluidos cargadores ultrarrápidos de 600 y 800 kW, según datos de la Administración Nacional de Energía de China. La intención es superar los 28 millones de puntos de recarga instalados antes de 2027.
Además, empresas como CATL, líder mundial en baterías, están desplegando corredores verdes y sistemas de intercambio de baterías, lo que promete reducir los tiempos de inactividad de los camiones al mínimo.
Más costes… pero más ahorro
Aunque los camiones eléctricos son entre dos y tres veces más caros que sus equivalentes diésel, su uso es más barato. Consumen menos energía, requieren menos mantenimiento y ofrecen ahorros estimados de entre un 10 % y un 26 % en coste total de propiedad durante su vida útil, según la firma de análisis Sigma Earth.
Este equilibrio económico está animando a miles de operadores logísticos a dar el salto, más aún cuando se combinan con las restricciones crecientes al uso de diésel en áreas urbanas.
Un impacto que traspasa fronteras
La reducción en el uso del diésel tiene consecuencias internacionales. De acuerdo con Bloomberg, la electrificación del transporte en China podría haber reducido la demanda global de petróleo en más de un millón de barriles por día. Y eso sin haber alcanzado aún el pico de ventas.
En un mundo donde el comercio internacional se multiplica, que China reduzca su dependencia del diésel en el transporte pesado reconfigura todo el tablero energético global. Más aún cuando el país ha iniciado la construcción de fábricas de camiones y autobuses eléctricos en Europa, como en Hungría, con el objetivo de exportar también su modelo.


